El material humano

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de agosto de 2009

En sus últimas novelas, Caballeriza y El material humano, el novelista guatemalteco Rey Rosa ensaya una fórmula de ficción que no es nueva, pero que, en su caso, alcanza un notable poder de convicción y eficacia narrativa. El autor se asume también como personaje y protagonista de la novela e incorpora fragmentos de su biografía, así como personajes reales, al relato, aunque, al menos en El material humano, la más reciente, se preocupa de señalar desde el inicio que “aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, ésta es una obra de ficción”. Al mismo tiempo, la trama de la novela insiste en un tópico que Rey Rosa ha trabajado de manera consistente en varios de sus libros, la violencia política que asoló -y aún continúa afectando- su país. El cojo bueno, Lo que soñó Sebastián y Que me maten si… son algunos de los hitos desde donde emerge la imagen de una Guatemala desgarrada y dolorosa, donde se palpa el miedo y sentirse amenazado no es paranoia, sino una cuestión de supervivencia.Y acá Rey Rosa conduce su indagación hacia una nueva frontera, de la mano de su personaje-autor, cuya madre fue secuestrada por la guerrilla y que, por esos azares de la vida, cuando comienza a investigar en un gigantesco depósito de archivos de la policía encontrado en un antiguo centro de torturas, roza verdades que no debería conocer. A su manera siempre oblicua y totalmente alejada de la denuncia militante, con la distancia del escepticismo y el auxilio de un estilo ya depurado y decantado hasta alcanzar una notable fluidez, Rey Rosa construye una suerte de tapiz cuyos fragmentos progresivamente adquieren sentido en el conjunto. Una línea narrativa apunta al perfil de un indio maya, Benedicto Tun, que fue el alma de la investigación criminológica en Guatemala hasta los años setenta; otra, a sus viajes y a su relación con B+, su novia; una más, a su labor de investigación en los papeles del archivo; y todo ello fundido con una suerte de diario de vida que incluye sus lecturas y muchas citas que no están allí por obra del azar. Citas no sólo literarias: es inolvidable el listado de fichados por la policía y los delitos que motivaron su detención, un catálogo de culpas que revela, de manera impresionante, la arbitrariedad de la justicia, más allá incluso de los brutales procedimientos que jalonan las páginas. Pero lo más inquietante del libro es la manera aparentemente azarosa y oblicua, por así decirlo, en que el autor se aproxima al fenómeno de la violencia y cómo lo hace latir en estas páginas, sin aspavientos, siempre medido, pero profundamente estremecedor.

Anagrama, Barcelona, 2009. 183 páginas.

Rating

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de marzo de 2012

«Cada vez que estoy escribiendo y siento de pronto un ataque de pudor, cada vez que siento que lo que estoy escribiendo es empalagoso, de un cursi que me da grima, asumo entonces que voy por buen camino, que estoy haciendo lo correcto». Quien habla es Manuel Izquierdo, un guionista de teleseries que ha superado los cincuenta años y mira hacia atrás sus años de gloria, cuando era el rey del rating. Ahora está embarcado en un proyecto delirante, una ocurrencia de otro veterano que quiere reverdecer éxitos y devolverle sintonía a un canal que solo vive derrota tras derrota en el afán de ganar en la preferencia de los televidentes: una cruza espuria entre la teleserie y el reality show, que pretende poner a indigentes (que luego son reemplazados por damnificados por torrenciales lluvias) a convivir en una casa y luchar por quedarse con ella. Izquierdo es un escéptico que conoce muy bien la industria y combate contra sus propios fantasmas, especialmente con la vejez; y su jefe, Rafael Quevedo, el creador del proyecto, alguien que no supo detenerse a tiempo y que vive y goza en las intrigas por el poder y la influencia. A ellos se suma Pablo (Pablito) Manzanares, estudiante de literatura que cayó en el canal por la amistad de su madre viuda con Quevedo y es asignado como asistente de Izquierdo. El relato alterna la voces de este último y de Izquierdo, a quienes se suma la de un narrador que mira desde fuera cómo se desarrolla este otro reality en el interior del canal.

Rating, por fortuna, es bastante más que una crónica reveladora de los secretos de la industria televisiva venezolana. Hay mucho más. Humor, para empezar, que también deriva con rapidez hacia la ironía y el desencanto, sobre todo cuando Izquierdo toma la palabra. Hay excelentes reflexiones sobre las teleseries, el modo en que se construyen y por qué la cursilería –mientras más extrema, mejor- es la clave del género. Como responde una entrevistada a la pregunta de por qué las ve: “porque se sufre”. Hay un gran personaje, Izquierdo, que por primera vez aborda la escritura desde un género, el testimonial, distinto de los diálogos y escenas para los culebrones, y dibuja una trayectoria más que interesante. La historia de los damnificados no puede ser más reveladora de las miserias de una industria que solo cree en sí misma y recurre a cualquier truco, aún el más abyecto, para ganar. Y una trama cuyo desenlace tiene algo de moraleja, pero es mucho más que eso.

Alberto Barrera Tyszka. Anagrama, Barcelona, 2011. 263 páginas.

Fuck America

Si el título suena duro, la novela cumple ampliamente las expectativas que despierta; el protagonista, Jakob Bronsky, es un sobreviviente del exterminio nazi que llega a Estados Unidos en 1952 solo para encontrar otras formas de la humillación y la exclusión. Mucho menos dramáticas, por cierto, pero también desoladoras; aunque hay que agregar que el acidísimo humor del autor rescata la novela, por completo, del tremendismo y la auto compasión.

Edgar Hilsenrath (Leipzig, 1928) es muy poco conocido en el ámbito del castellano; solo Maeva, una editorial dedicada más bien a la literatura masiva, le había publicado previamente una novela, El nazi y el peluquero (2004), que ya desapareció de su catálogo. Fuck America, a su vez, fue editada en 2010, treinta años después de la primera edición alemana, por Errata Naturae, una editorial independiente que cultiva tanto el rescate literario (por ejemplo, varias novelas de Jean Genet) como la filosofía y el ensayo. La novela progresa rápido, con diálogos veloces y directos que sitúan a Bronsky como un real paria, que sobrevive con los peores trabajos posibles, que estafa a quien puede y, por las noches, en las mugrientas mesas del café donde se reúnen los expatriados, escribe una novela de la que solo se dicen dos cosas: que se llama El Pajillero y, casi al final, que intenta contar su experiencia en los años de la guerra. Hilsenrath tuvo esa misma experiencia vital, de modo que es obvio el contenido autobiográfico; pero no es nada obvio el tratamiento que le da a través de frecuentes conversaciones de Bronsky consigo mismo y con la permanente invención de diálogos y el desarrollo de situaciones imaginarias donde se confunden el deseo, la posibilidad y la culpa que suelen portar las víctimas.

-¡América es la tierra prometida!
-América es una pesadilla.

El diálogo es entre Bronsky y Mary Stone, una muy exitosa animadora televisiva que proclama un abominable rosario de máximas de pensamiento positivo:

«¡Quien cree en sí mismo tiene el mundo a sus pies!» – «Quien irradia amor es hermoso». – «El que ama no necesita mirarse al espejo para contarse las arrugas». – «Escoja al compañero adecuado, y no tendrá problemas de pareja». – «Deje pasar una o dos noches antes de tomar una decisión importante». «Si le cuesta comunicarse no le eche la culpa a los demás». (…) «Si fracasa, no culpe a la tierra de Dios, sino a usted mismo. Pregúntese. ¿Qué me ocurre? ¿Dónde está la confianza en mí mismo? Aquí todos tenemos una oportunidad».

Naturalmente, no es la real Mary Stone quien acompaña a Bronsky en la cama, donde este último le ha aplicado una técnica milagrosa para curar la frigidez; es la Mary Stone que Bronsky imagina y que ha pasado directamente desde la pantalla de televisión a su lecho. Pero es aquella confidente imaginaria, la encarnación absoluta del sueño americano, de la fe en Dios, en la voluntad y en el optimismo, la elegida para que Bronsky narre finalmente su historia y se atreva a sumergirse en el hoyo negro de la memoria para iluminar, por fin, la atroz vivencia de los años del dominio nazi. Ahí el relato alcanza otra consistencia y el humor negro abre paso a un relato descarnado, preciso y sin mayores adjetivos que quizá por lo mismo es más impresionante. Y sirve también para entender por qué Bronsky y tantos otros refugiados son incapaces de incorporarse al sueño americano, a ese tejido de ilusiones, publicidad y pragmatismo que apenas acepta la diferencia y segrega con fiereza. Y todo para aprender una verdad tan amarga como el libro: «He aprendido que el nacimiento de cada individuo es a la vez su condena a muerte y me pregunto qué sentido tiene todo esto». Si no fuera por la infalible intuición de Hilsenrath para el humor negro y para atrapar al vuelo las situaciones donde el ridículo gatilla la risa, sería una novela mucho más dura aún; aunque, si se piensa bien, no pierde una gota de su capacidad crítica y de su desarmante lucidez.

Edgar Hilsenrath. Fuck America. Errata Naturae, Madrid, 2010. 262 páginas. Traducción de Iván de los Ríos.

Norman Foster. Arquitectura y vida

Rseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 3 de marzo de 2012

Deyan Sudjic es arquitecto y también director del Design Museum de Londres, es decir, un observador privilegiado de las tendencias contemporáneas tanto en su área profesional como en el mundo de los objetos. Turner le publicó antes otro ensayo notable, El lenguaje de las cosas, una clase magistral de cómo el diseño ha agregado valor a los objetos hasta el punto de que la forma ha pasado a ser aún más relevante que la utilidad. Así que es un privilegio que Sudjic sea quien presente la vida y la obra de unos de los arquitectos más importantes de nuestro tiempo, un inglés que nació en los suburbios de clase media baja de Manchester, que logró llegar a la universidad por su porfía y descomunal talento, pero también porque hubo quieres fueron capaces de reconocerlo (fue el único de sus compañeros de escuela primaria que logró hacerlo), y que no solo ha sembrado de construcciones revolucionarias algunas de las principales urbes del mundo, sino también uno de los arquitectos que más se a adelantado en concebir las ciudades del futuro.

El libro es una biografía, sí, pero orientada por la labor profesional de Foster desde sus inicios –incluso desde antes de estudiar arquitectura, cuando ya dibujaba edificios y paisajes urbanos- hasta el impresionante proyecto sustentable que está desarrollando en Abu Dabi. Se trata, como aclara Sudjic en los agradecimientos, de “una biografía autorizada, lo que indica cierta intimidad entre el sujeto y el autor”, intimidad que hay que agradecer; más allá de la peripecia vital de Foster, lo que deslumbra en el libro es una suerte de reflexión a dos voces sobre el modo en que los espacios urbanos se configuran y desarrollan en nuestro tiempo y de cómo el asunto de la sostenibilidad se convierte en un factor crucial “en un mundo que empieza a tener miedo de volverse inhabitable”. Las extraordinarias obras de Foster, documentadas también con fotografías y bosquejos, surgen también en el libro como partes de un proyecto personal y creativo que siempre tiene en cuenta el entorno y las consecuencias de la intervención urbana. Cuánto hay que aprender de Foster en Santiago, una ciudad amenazada por el colapso debido a la falta de previsión y a la carencia de visiones integradas de la arquitectura y el urbanismo.

Deyan Sudjic. Turner, Madrid, 2011. 295 páginas.

Ojos que no ven, corazón desierto

Iris García, acapulqueña, 1977, tiene una breve carrera literaria; publica poco, pero en variados géneros (teatro, cuento, novela). Me encontré con este libro por recomendación de Yuri Herrera. Lo encargué a México para luego descubrir que, oh sorpresa, está disponible (al menos vi un ejemplar) en la librería Gonzalo Rojas del Fondo de Cultura Económica.

Se trata de diez cuentos organizados como un díptico, cinco y cinco, dos caras de la medalla, dos maneras de mirar o, mejor dicho, dos puntos de partida diferentes: de un lado, en los primeros, la violencia desde los que la ejercen; del otro, las vidas anónimas de quienes la sufren, ya sea de manera directa o por la simple carencia de oportunidades, por la miseria o la discriminación.

La primera parte -«Ojos que no ven»- apela al lenguaje preciso del género policial, pero renueva la habitual sintaxis entrecortada mediante párrafos bien tramados y el uso de distintas personas gramaticales. Así se adentra con precisión en los meandros de la corrupción, el matonaje, el asesinato, la venganza y compone relatos de singular eficacia, mordientes y duros, algunos tocados por un cinismo que nunca suena impostado; es como si el narrador realmente fuera un amoral que asiste al espectáculo de la fuerza desencadenada y se hiciera, de algún modo, cómplice de quienes cabalgan sobre el cuerpo del otro y trabajan para su propio beneficio (aunque, claro, nadie sabe para quién trabaja, como queda muy claro en «Río revuelto»). El más desolador de este primer grupo de relatos es «Gatos pardos», una muestra feroz de cómo la lealtad mal entendida, el machismo, el alcohol y la desidia pueden hasta pisarse la cola en el empeño de mantener el estado de las cosas.

El segundo grupo de relatos, reunidos bajo el título de «Corazón que no siente», es más diverso y no solo se sitúa en el lado de las víctimas -por ejemplo, en «Sueños de arena», un relato terrible sobre el destino de una joven cuyo cuerpo es explotado hasta las últimas consecuencias, primero como objeto sexual y luego como receptáculo del tráfico de drogas-, sino también en una amarga mirada sobre las relaciones de pareja y la dificultad para mantenerlas vivas especialmente en un contexto de miseria y ausencia de horizontes. «Está triste. La tristeza que oprime los pulmones y abre un hueco en la boca del estómago. Da grandes bocanadas. Quisiera echarse en el suelo como un perro, y quedarse dormida para siempre. Ahora no es posible. Aún debe lavar platos de la cena». Si los primeros son mordientes y casi cínicos, los segundos actúan como un revulsivo que devuelve de golpe al asco y al espanto.

Y destacan, en todo el volumen, el cuidado por la escritura, el juego del estilo, la habilidad para combinar voces y efectos, la precisión en los finales (sean abiertos o cerrados; Iris García maneja tan bien los tiempos que nunca es precedible aunque el desenlace pueda parecer el inevitable. O no: a veces es pura sorpresa). Un gusto leerla, aunque la materia que nutre sus relatos no sea precisamente agradable.

Iris García. Fondo Editorial Tierra Adentro – Conaculta, México D.F., 2009. 96 páginas.

Sobre el ingenio. Una fábula de Ambrose Bierce

El Patriota Ingenioso

Tras obtener audiencia con el Rey, un Patriota Ingenioso sacó un papel del bolsillo y dijo:
-Majestad, tengo aquí una fórmula para construir blindajes que ninguna bala de cañón podrá perforar. Si la Armada Real los acepta, nuestros barcos de guerra serán invulnerables y por lo tanto invencibles. Aquí están, también, los informes de los ministros de Su Majestad que dan fe del valor de mi invento. Cederé mis derechos por un millón de tuntunes.
El Rey examinó los documentos, los apartó y prometió al hombre que daría al tesorero mayor del Departamento de Extorsiones la orden de pagarle un millón de tuntunes.
-Y aquí -dijo el Patriota Ingenioso, sacando otro papel de otro bolsillo- están los planos de un cañón que he inventado y que perforará ese blindaje. El real hermano de vuestra Majestad, el Emperador de Bang, tiene mucho interés en comprarlos, pero mi lealtad al trono y a la persona de vuestra Majestad me obliga a ofrecerlos primero a vos. El precio es un millón de tuntunes.
Después de recibir la promesa de un nuevo cheque, el inventor metió la mano en otro bolsillo.
-El precio del cañón irresistible -observó- habría sido mucho mayor, Majestad, si no resultara tan fácil desviar sus balas usando mi tratamiento especial de los blindajes con un novedoso…
El Rey llamó por señas al Gran Factótum.
-Registra a este hombre -ordenó-, y dime cuántos bolsillos tiene.
-Cuarenta y tres, señor -dijo el Gran Factótum al concluir su trabajo.
Majestad -gritó el Patriota Ingenioso, aterrorizado-, uno de ellos contiene tabaco.
-Cuélgalo de los tobillos y sacúdelo -dijo el Rey-; después dale un cheque por cuarenta y dos millones de tuntunes y ejecútalo. Hecho eso, prepara un decreto donde se declare el ingenio delito capital.

Ambrose Bierce. 99 fábulas fantásticas. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2010, páginas 10-11. Ilustraciones de Carlos Nine. Selección y traducción de Marcial Souto.

Citas de cine

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de febrero de 2012

La idea es buena y su ejecución, también: una selección de citas de cine que en ningún momento se propone ni canónica ni «lo mejor de», aunque el resultado sea –como casi siempre cuando se trata de hacer una selección- una suerte de canon. Pero no tendría el menor sentido discutir si aquí están las mejores películas de todos los tiempos o las mejores citas de películas de todos los tiempos; cada quien recordará las suyas, cada quien alegará por la inclusión de algunas de ellas (en mi caso, los insulsos diálogos de Harry Potter o los chistes fáciles de Woody Allen), así que es totalmente inconducente juzgar este libro por su valor canónico. Lo que sí hay que destacar es que se trata de una selección sumamente estimulante, un ejercicio de recopilación que sitúa nuevamente en el recuerdo el cine ya visto o incita a ver aquellas que nos faltan, y que muestra, de paso, el valor de la palabra para el cine, por más que los efectos especiales la hagan pasar crecientemente a un discreto segundo plano. El orden cronológico comienza con Sucedió una noche (1934), de Frank Capra, y una de sus citas es de aquellas frases que suelen decirse –a veces con significativas variantes- sin conocer su origen: «¡No se puede tener hambre y miedo al mismo tiempo!»; y cierra con Gracias por fumar (2005), de Ivan Reitman («Mi trabajo requiere de cierta flexibilidad moral»). Entre ambas, alrededor de 70 películas más. Cada entrada consta de mínimos datos técnicos (director y casting; ¿por qué no se incluyó a los guionistas? Misterio), un breve resumen, un más escueto juicio y las citas, tanto frases sueltas como diálogos. Hay frases chispeantes, divertidas, trágicas, desconcertantes, en una gama amplísima que recupera desde clichés  como «El dinero nunca duerme» (Wall Street, 1987) hasta prodigiosos hallazgos de concisión expresiva: «No hay nada trágico en tener cincuenta años. A no ser que finjas tener veinticinco» (El crepúsculo de los dioses, 1950). Los diálogos, en tanto, suelen sorprender por su autonomía y valor autónomo, desgajado de su contexto, aunque ello es más notorio en las primeras décadas que cubre este libro. Es que, claro, una película basada en una novela de Raymond Chandler con William Faulkner de guionista no puede menos que ofrecer diálogos geniales.

Lídice Varas. Los Libros Que Leo, Santiago, 2011. 163 páginas.

Evocación de Matthias Stimmberg

Alain-Paul Mallard, nacido en México D. F. en 1970, podría integrar perfectamente la legión de fugitivos de la literatura que protagonizan Bartleby y Compañía de Enrique Vila-Matas. Ha publicado un solo libro -el que reseño acá- en 1995, editado en México por Heliópolis y rescatado en 2007 por Interzona, Buenos Aires.  Reside desde hace tiempo en París, donde ha escrito y dirigido varias películas. La solapa de la edición de Interzona -ditirambo mediante- lo suma, de otro modo, al club de los Bartleby: Mallard «recrea el mito fundador de la literatura moderna: escribir un solo libro, único y perfecto». Hay que agregar que se trata más bien de una nouvelle o, mejor, de una brevísima colección de miniaturas, de escuetos relatos -diez en total- que jalonan la vida no contada de Matthias Stimmberg, un poeta alemán de breve producción que además descree totalmente de ella. Los episodios -según la cronología que Mallard entrega en la apostilla final (la biografía del escritor), van desde 1912 a 1979 (aunque en el libro se presentan en un orden muy distinto al cronológico) y dibujan un personaje tocado por un radical escepticismo que hace de la ironía su mejor arma. Hay tres especialmente destacables: «La sal», relato de iniciación en el amor que desemboca, claro, en el primer desengaño y en un sueño que rezuma toda la crueldad posible del inconsciente. «Mein Kampf», ambientado en la Viena ocupada tras la Segunda Guerra Mundial; Stimmberg trabaja en una imprenta donde reposan cientos de ejemplares del libro de Hitler. Le regala varias cajas a una vagabunda para que alimente a sus tres famélicos chivos y, junto con ellas, los 40 ejemplares restantes (de 5o en total) de su primer libro de poesía. «De entre mis libros -agrega el narrador- ha sido ese, el primero, el que, me parece, corrió con mejor suerte», lapidaria afirmación que también pone a Stimmberg en la estela de los Bartleby. Y «Sísifo», un cuento graciosísimo y melancólico que narra un encuentro entre el poeta alemán y su amigo y colega Paul Celan («Luego bebimos un poco y algo me habló Celan de la atroz asfixia que llevaba a cuestas, de la distancia cada vez mayor que lo separaba de Czernowitz, del aprecio que me tenía, e insistió, más de una vez, que todo poema era un camino en redondo desde el tú hasta el tú. Bebimos un poco más».

Alain-Paul Mallard reincidió brevemente en la escritura. En 2005 apareció en Letras Libres «Prueba de verdad», un cuento excelente y muy literario, aunque algo repulido; luego publicó, en 2007, «Ameising», relato quizá autobiográfico que a partir de las cataratas que sufrió su abuelo -origen de su apellido francés en México- se adentra incluso en los límites del lenguaje y la relación entre Borges y Joyce, muy bueno; y en 2010, otro dos cuentos que, hay que decirlo, no están ni remotamente a la altura de su producción anterior (parecen borradores, fábulas orientales bien encaminadas pero excesivamente floridas por la superabundancia de adjetivos). Ojalá reincida otra vez, pero con el tono inimitable, seco y reconcentrado, de su primer -y único- libro.

Alain-Paul Mallard. Interzona, Buenos Aires, 2007. 65 páginas.

Knockemstiff (o «sácales la cresta»)

Knockemstiff es un pueblo situado en una hondonada en Ohio. Las emanaciones que provienen de una fábrica de papel hacen que todo huela a huevo podrido (y en una casa rodante desastrada la cosa puede ser todavía peor: «En los días de calor,  el hedor a excrementos de desconocidos flotaba en los cuartos angostos igual que la espesa niebla del fracaso»). Es que si hay un compendio de miserias, dolores y bajezas, sin espacio alguno para la esperanza o la dignidad, es éste, el volumen de cuentos que Donald Ray Pollock bautizó con el mismo nombre. La contratapa acumula adjetivos: «historias ágiles y divertidas sobre la gente más triste que jamás se haya visto», Chuck Palahniuk; «portentoso y bestial», Rodrigo Fresán; «crudo, real sincero, poco afectado y a la vez -sin caer en la condescendencia- compasivo», Kiko Amat, autor del prólogo; «directo, crudo, descarnado, turbio, inquietante», Winston Manrique Sabogal. En su reseña en Babelia, Edmundo Paz Soldán lo definió como «magistral». Los dos últimos, más Jesús Ferrero e Isidoro Reguera, lo incluyeron en su lista de los diez mejores libros del año en la tradicional encuesta del suplemento literario de El País. No fue suficiente para que clasificara entre los mejores cinco libros de relatos, pero sí para que Pollock fuera incluido, en segundo lugar, en la lista de autores a seguir.

Creo que yo habría escogido otros adjetivos para describir el libro: lúgubre, abjecto, desolador, por ejemplo. La vida de los blancos pobres en Estados Unidos ha sido narrada de muchas maneras, pero quizá nunca con tan marcado énfasis en la miseria moral y física aparejada con pobreza crónica, medio ambiente degradado y total ausencia de oportunidades. Si alguna vez da risa, es esa risa nerviosa que sacude el cuerpo cuando, por ejemplo, alguien se da un tremendo porrazo en la calle. Un físico culturista aspirante a Mister Ohio que en la noche más fría del año exhibe sus músculos hinchados de esteroides delante de un local de McDonald’s puede ser un espectáculo patéticamente divertido, pero solo hasta que su corazón artificialmente inflado deja de latir. Drogas, ilusiones rotas, cuerpos inflados, dientes podridos, niños mudos o retrasados o adolescentes con el cerebro frito por un imposible cóctel químico, psicópatas, violencia siempre a flor de piel, dan forma a un paisaje tan degradado y malsano que realmente parece ser el último deshecho, el borde del infierno, el resumidero de las pesadillas. «Cuesta creer que haya gente tan pobre en este país. Viviendo en el país más rico del mundo», dice uno de los pocos visitantes que llegan al pueblo, atraído precisamente por su extraño nombre: «Knock’em stiff» se puede traducir como «Golpéalos hasta dejarlos tiesos» o, en el castellano de Chile, «Sácales la cresta». Un pueblo con ese nombre no puede tener un buen destino y eso es lo que se manifiesta en estos relatos. Hay personajes que se repiten, pero eso es apenas un indicio de otro asunto de mayor gravedad: nadie puede tener una vida distinta, singular, mínimamente digna, si está enterrado en esa hondonada engañosamente verde.

Donald Ray Pollock. Libros del Silencio, Barcelona, 2011. Traducción de Javier Calvo. 302 páginas.

Jerusalén. La biografía

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de febrero de 2012

El historiador británico Simon Sebag Montefiore es conocido mayormente por su monumental biografía de Stalin, en dos tomos: La corte del Zar Rojo y Llamadme Stalin, un trabajo tan exhaustivo y bien escrito muy difícil de superar. Este libro –también de vasta extensión- aborda una historia más larga y más compleja y quizá aún más apasionante, la biografía de una ciudad que «también es tema, piedra angular e incluso espina dorsal de la historia del mundo». En efecto, los tres monoteísmos que se disputan la escena de la religión desde hace milenios hacen de Jerusalén el centro de su culto, lo que la convierte ya en objeto de disputas que exceden en mucho cuestiones administrativas o nacionales; y, por otra parte, los vaivenes de la historia a lo largo de tres mil años han situado a Jerusalén bajo el dominio de todo tipo de imperios y naciones. Y si hay una mínima familiaridad tanto con la Jerusalén bíblica como con la actual ciudad disputada por israelíes y palestinos, el recorrido de Montefiore –quien viene de una antigua familia jerosolimitana- por los siglos que van desde una a otra es simplemente apasionante. Y, desde luego, la historia de inaudita violencia, sangre, destrucción y reconstrucción que puntea el paso del tiempo es una notoria muestra de cuán frágil es la paz y cuán intensas son las pasiones religiosas y políticas. Un tercio del libro, aproximadamente, se concentra en el siglo XX, hasta la Guerra de los Seis Días, cuando el regreso de la diáspora vuelve a situar a Jerusalén en el centro de la historia.

Montefiore, como se ha destacado ya por sus libros sobre Stalin, pertenece a esta estirpe de historiadores que apoyan su investigación en un estilo tan vivo y ágil como el del mejor novelista. Este libro, además, destaca por la precisión y calidad de los retratos de los múltiples protagonistas que intervienen en la historia de la ciudad.  El relato progresa con rapidez, sin abrumar a nadie y con el aparato crítico y de notas situado al final (vale la pena consultarlas, en todo caso, porque enriquecen notoriamente la lectura). Una historia, en fin, comprometida, escrita con cercanía y pasión, que da cuenta cabal de la intensidad y complejidad de la vida en una ciudad que tanta carga simbólica y peso histórico ha acumulado a lo largo de tres milenios y que, como pocos libros, ilumina perspectivas de singular amplitud.

Simon Sebag Montefiore. Crítica, Barcelona, 2011. 853 páginas.